26 jul. 2011

Prólogo

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La madre superiora avanzó por el largo pasillo de la iglesia con paso parsimonioso, como si lo hiciera mecánicamente. A pesar de que ya estaba retirada y no tenía edad para regentar el convento, Marise seguía yendo cada noche a rezar como cualquier otra pasada en el recinto de clausura, imaginando con los ojos cerrados y las manos en posición de rezo que aún seguía allí, rodeada de sus hermanas y novicias. Sin embargo, esos fueron tiempos mejores aunque pasados y aún teniendo una acogedora casa a orillas del río con la ciudad a un par de kilómetros y una iglesia donde ir a reunirse con otros fieles, sentía que su vida no estaba completa y, por enésima vez desde hacía tres años, deseó en un rincón apartado de su mente haber tenido hijos. Y una vez más, desterró el pensamiento ofendida, como si hubiera blasfemado sin querer.
Pidió perdón frente a una estatua de mármol pintado de Jesús crucificado y besó su rosario, ese tan antiguo de madera que le había tallado el carpintero del convento cuando no era más que una joven novicia recién llegada.
Dado por terminado su ritual cotidiano, levantó la mano a modo de despedida a dos mujeres ancianas que día tras día se sentaban en los bancos finales junto a la puerta, que le dedicaron una sonrisa desdentada. Una de ellas sujetaba en brazos a un niño de unos tres años, que se agarraba de la huesuda mano de su abuela con cariño. La madre Marise recibió un agudo pinchazo de dolor en el corazón, se obligó a apartar la mirada de la feliz pareja y salió con una desagradable sensación de soledad que se extendía como frío veneno por todas las venas de su cuerpo maltrecho por la edad y daba a su rostro arrugado una fugaz expresión de tristeza.
Al salir al exterior, una oleada de gélido viento le agarrotó las articulaciones y caló hasta el último de sus envejecidos huesos, por lo que se acurrucó en su manto de lana oscura y se adentró en los barrios de extrarradio, fuera de la muralla y se dirigió a las afueras, cruzando el puente hacia su pequeña casita de madera, que parecía recibirla con los brazos abiertos y la promesa de la cálida hoguera en el interior que la resguardara del invierno intenso.
Con un suspiro de alivio entró en la casa empujando la puerta mohosa, con la madera contraída a causa de las ventiscas invernales. Cerró, percatándose de que el frío no penetraba por ningún recoveco y encendió la hoguera en una chimenea de piedra de bordes cenizos, ayudándose de la tea que siempre mantenía encendida en su soporte junto al hogar, que daba un ambiente cálido y acogedor al lugar, con las chispas saltando y brillando como estrellas al amparo del cielo, donde el crepúsculo comenzaba ya a desangrarse en tonos rojizos, dando paso a la noche, que venía acompañada de nubes de tormenta.
Marise se acomodó en su jergón y apoyó la espalda en la pared, inhalando con fuerza, como si quisiera tragar todo el oxígeno del cubículo y luego soltó todo el aire de una sola vez antes de coger su vieja Biblia de debajo de la almohada y comenzar a leer un pasaje, como cada noche antes de cenar y acostarse. A veces se saltaba el ritual y leía varios pasajes de una vez, con los que se regocijaba recitándolos en su mente antes incluso de leerlo.
Sin embargo, esa noche era especial. No obstante, ella no tuvo la consciencia de ello hasta pasados diez minutos, cuando unos golpes en la puerta alertaron a la religiosa y la hicieron sobresaltarse en su cama. Con cierto recelo, se levantó y apretó el libro contra su pecho y mientras andaba los pocos metros que la separaban de la puerta, su bamboleo hacía rebotar el rosario colgado de su cuello, con lo que ella se sintió más segura notando el “tap tap” que producía al chocar la cruz de madera contra el pecho.
Abrió la puerta y, a pesar de que solo había tardado escasos segundos, no había nadie en la entrada. Salvo, tal vez, ese revoltijo de mantas que ocultaban una especie de bulto que se hallaba en el suelo. Madre Marise hubiese vuelto al calor del hogar a seguir con su lectura vespertina de no haber sido cuando, en ese preciso momento, el bulto comenzó a llorar, como percatándose de que lo iban a dejar allí abandonado. La religiosa, que por un segundo no cabía en sí de gozo por ver su sueño hacerse realidad, pensó que aquello era un regalo de Dios y, con sorpresa, incluso creyó que ese bebé que lloraba ahora entre sus brazos era uno de los enviados a la Tierra, el nuevo Jesucristo, alguien que haría grandes cosas y predicaría el mensaje del Señor, castigando a los infieles. La Biblia descansaba en el suelo junto a la puerta, donde la madre la había dejado para recoger al niño. Con cariño miró a la criatura, que calló al instante, atenazando el dedo índice de la religiosa con una de regordetas manos de recién nacido, incrementando la dulzura de la mirada de Marise.
El niño agarró con más fuerza el dedo de ella, clavando sus pequeñas uñas en la carne. La madre profirió un grito de dolor y casi dejó caer al bebé al suelo. Sin embargo, la criatura se ensañó más y entre alaridos de terror por parte de la monja, arrancó su dedo con increíble fuerza y lo arrojó con sobrenatural indiferencia y frialdad, como si lo hubiera pensado todo de antemano. Al olor de la sangre que manaba del miembro amputado, el niño abrió sus ojos, aterrorizando a la mujer, pues eran negros como el carbón, tanto el iris como lo que se suponía que debía ser blanco.
La anciana mujer cayó al suelo, la sangre inundando la estancia, aún más cuando la criatura se prendió de su pecho y comenzó a rasgar la ropa y la carne, desparramando el interior de su cuerpo y saboreando el líquido rojo y caliente que manchaba sus pequeñas manos. Un grito de horror rebotó por las paredes y, acto seguido, la servidora de Dios fallecía trágicamente a manos de un hijo del demonio, con la barriga abierta y desangrada sobre la madera.
Y un día después, la peste negra asoló el mundo.
Y esa fue la primera obra de Caleb, una de las traiciones de Dios y el primero de la nueva raza maligna de miles más que caerían sobre la Tierra, los lilim.